Primera “Bocanada” – Patricia Aquino

BOCANADA es un ciclo de narrativas que nos invita a viajar con palabras que se suceden de boca en boca. Pensado para aquellas personas que disfrutan de leer y escuchar cuentos, poesía, relatos, ensayos y todas aquellas manifestaciones palabreadas que amamos paladear. Todos los miércoles nos encontramos en esta tertulia, para acortar las distancias.
Si te gusta leer en voz alta, comunicate con el Espacio Cultural Coliseo.

Abriendo el ciclo, tenemos la alegría de compartir este cuento de Ángeles Mastretta, en la voz y el sentir de nuestra querida Patricia Aquino.

A los ciento tres años Rebeca Paz y Puente no había tenido en su vida más enfermedad que aquella que desde un principio pareció la última. De la frondosa y sonriente vieja que llegó a ser, ya no quedaba sino el pálido forro de un esqueleto.
Había sido bella, el perfume de su cuerpo liberal, sólo ella lo recordaba: todos los días, y con el mismo brío que durante el sitio de la ciudad la sacó de su casa a disparar una pistola de la noche a la mañana y hasta la rendición. Era de la época juarista. Respiraba diez veces por minuto y parecía haberse ido hacía semanas. Sin embargo, una fuerza la mantenía viva, huyendo de la muerte como de algo mucho peor. A ratos los hijos le hablaban al oído buscando su empequeñecida cabeza en medio de una melena blanca cada día más abundante. -¿Por qué no descansas, mamá? le preguntaban, exhaustos y compadecidos. -¿Qué quieres? ¿Qué esperas aún? No contestaba. Ponía la mirada en blanco y a lo lejos, como si nada, como si le lastimaran las palabras. Entre los nietos había una mujer que todas las tardes se sentaba junto a ella y le hablaba de sus penas, como quien se las cuenta a sí misma. Ya no me oyes, abuela. Mejor, para oír amarguras haces bien de estar sorda. ¿O sí me escuchas? A veces estoy segura de que me escuchas. ¿Ya te dije que se fue? Ya te lo dije. Pero para mí, como si aún estuviera porque lo ando cargando. ¿Es verdad que tú perdiste un amor en la guerra? Eso me hubiera gustado a mí, que me lo mataran antes de que a él le diera por matarme. En lugar de este odio tendría el orgullo de haber vivido con un héroe. Porque tu amor fue un héroe, ¿no, Abuela?, ¿cómo le hiciste para vivir tanto tiempo después de perderlo? ¿Por qué sigues viva aún cuando te mataron a tu hombre, aunque mi abuelo te haya regresado a golpes del lugar en que se desangró? Te habían casado a la fuerza con mi abuelo, ¿verdad? Cómo no me atreví a preguntártelo antes, a ti tan elocuente, tan hermosa. Ahora ya de qué sirve, ahora no sabré nunca si fueron ciertos los chismes o todo lo que se dice de ti, y si de veras abandonaste a toda tu familia para seguir a un general juarista. Si lo mató un francés o si lo mató tu marido un poco antes de que terminara el sitio. La abuela no respondía. Se concentraba en respirar y respiraba entre suspiros largos y desordenados. Dos veces había estado el señor obispo a confesarla y cuatro a darle la extremaunción, hasta que de tanto verla agonizar, sus descendientes se acostumbraron a vivir con ella muriéndose. Está mejorando decía su nieta. A ella le daba pánico que su abuela se muriera, se quedaría sin confidente y cuando falta el amor la única cura son las confidencias. Ay, abuela le dijo una tarde. Tengo el cuerpo seco: secos los ojos, la boca, la entrepierna. Así como ando, mejor querría morirme. Tonta dijola vieja, interrumpiendo un año de silencio. No sabes de qué hablas. Su voz se oyó como estremecida por otro mundo. ¿Tú conoces la muerte, abuela? ¿Tú la conoces, verdad? Por toda respuesta doña Rebeca se perdió entre soplidos y respiraciones turbias.  ¿Por qué peleas, abuela? ¿Por qué no te has muerto? ¿Quieres tu relicario? ¿Quieres cambiar la herencia? ¿Qué pendiente tienes? La vieja movió una de sus manos para pedirle que se acercara y la nieta acercó un oído a su boca trastabillante. ¿Qué te pasa? le preguntó, acariciándola. Ella se dejó estar así por un rato, sintiendo la mano de su nieta ir y venir por su cabeza, su mejilla, por sus hombros. Por fin dijo con su voz como en trozos: No quiero que me entierren con el hombre. Media hora después los hijos de doña Rebeca Paz y Puente le prometieron enterrarla a sus anchas, en una tumba para ella sola. Me voy, me voy y me voy  con una deuda, le dijo a su nieta, antes de morirse por última vez. Al día siguiente su influencia celestial hizo volver al esposo perdido de la nieta. El hombre entró a su casa con un desfile de rosas, una letanía de perdones, juramentos de amor eterno, alegrías y ruegos. Todas las lenguas le habían dicho que su mujer era un guiñapo, que las ojeras le tocaban la boca, que los pechos se le habían consumido en lágrimas, que de tanto llorar tenía los ojos pesados y de tanto sufrir estaba flaca como perro de vecindad. Encontró a una mujer delgada y luminosa como una vela, con los ojos más tristes pero más vivos que nunca, con la sonrisa como un sortilegio. Y el aplomo de una reina para caminar hacia él, mirarlo como sí no tuviera cuatro hijos suyos y decirle: -¿Quién te llamó a este funeral? Saca tus flores y vete. Yo no quiero que me entierren contigo. Este es un cuento de Ángeles Mastretta de su libro “Mujeres de ojos grandes”.

Podés encontrar los videos de este ciclo en nuestro canal de youtube y en IGTV.

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