Cati Correa en “Bocanada”

En esta oportunidad, compartimos el cuento “Imaginaria” en “Los Oficios terrestres” de Rodolfo Walsh.
En boca de Catalina Correa. IN: @catalina.corre.a
Autora de infinitos fanzines.
En 2019 publicó su primer libro “No hacemos más muñecas” con El Brote Ediciones. @elbroteescritura

IMAGINARIA
Rodolfo Walsh

Ahora usted va a venir, oiré si bicicleta por el pedregullo, pedaleando despacito, con el farol sin luz. Usted no necesita luz, nos conoce a todos sin vernos, a mí me conoce por el olor, ¿qué olor tiene usted, soldado? Olor a chivo, mi teniente, olor a tulipán, olor a lo que usted quiera.
Va a venir, es su guardia, para eso la estuvo esperando toda la semana, de noche usted no puede dormir, toma pildoritas, esta noche no precisa. Usted piensa mucho, mi teniente, y se va poniendo pálido, se va poniendo verde, me imagino que le ocurren cosas y yo no soy quien para preguntarle.
Lo mismo que yo, pienso demasiado, pero de noche duermo, y a veces me duermo hasta en la guardia. Ahora por ejemplo estoy durmiendo, tirado a la orilla del camino por donde usted va a venir, va a venir con su bicicleta. Yo sé que está mal, que un centinela no debe dormirse, debe vigilar el campo e informar la novedad. 
Pero es que no hay novedad mi teniente, el enemigo está a ciento veinte años de distancia, aquí nunca hay novedad y el cielo es lo único que cambia de lugar. Cuando me quedé dormido las Tres Marías estaban detrás del pino, ahora están sobre la ruta, donde se oyen los camiones.
El fusil ahí se lo dejo, ni siquiera lo toco con la mano, está cargado, con el seguro puesto. Si viniera el enemigo, no hay nada que hacerle, pero qué quiere que le diga mi teniente, los chinos y los rusos están lejos, para mí que ya no vienen esta noche.
Yo sé que es de gusto si le digo que esta vez no tuve la culpa, que a mí nadie me mandó matar las hormigas en el jardín del coronel. 
Yo sé que es de gusto si le digo que este sábado justamente tenía que salir y no estar aquí de imaginaria. Quién sabe si le explico usted me deja, pero cómo quiere que le explique que esta noche me roban a la Julia, ya me la han robado, seguro que a esta altura me la están culpando.
No se ría, mi teniente, a usted con esa pinta tienen que sobrarle las mujeres, pero yo la conversé tres meses juntando afrecho y ahora viene un papafrita de civil y me la saca, y yo aquí haciendo la tercera guerra mundial.
No es cierto que el sargento me mandó matar las hormigas del coronel. Si él se olvida yo qué culpa tengo, pero aquí la verdad viene de mayor a menor, usted le cree a él y no me cree a mí, y el hilo se corta por lo más delgado.
Está mal que uno deje el arma tirada en el pasto, a la mano de cualquiera, y se queda dormido pensando en la Julia, pero hay muchas cosas que están mal y a nadie le importa.
Usted se divierte conmigo y dice que yo discuto mucho y que nací para doctor, como todos los cordobeses, será porque una vez me agarró leyendo el código, pero yo no nací para doctor y no le voy a decir en qué rancho nací.
La Julia tiene sus razones, qué va a hacer con un hombre una vez por semana, ella necesita que la saquen y le den conversación, y no darle un vistazo a Garibaldi y correr a meterse en una cama.
Ahora el papafrita tiene un camioncito, usted calcule, yo que a gatas puedo pagarle una cerveza. Hace dos meses que la sigue y si usted la campanea un rato se da cuenta que esa piba está madura para un tipo en cuatro ruedas.
Las Tres Marías, mi teniente, se fueron caminando por la ruta, ahora están sobre el hangar, detrás de esos eucaliptos, y en un rato va a salir la luna.            
Ya es tarde para tomar el colectivo, no llego ni a las dos, ella dijo que me esperaba hasta las diez. A esta hora seguro está culiando, muerde la almohada y pega unos grititos.
Usted tiene que venir, porque yo me cansé de contar coyuyos y de escuchar los ruiditos de los bichos en el pasto.
¿Y qué le costaba al sargento decir la verdad?
No es fácil buscarse otra hembra, negro jetón. No, mi teniente. ¿Sos un negro jetón, si o no? Sí, mi teniente, y por eso le digo que no es fácil.
Ahora me parece que lo oigo.
Usted viene despacito bajando el repecho, sin pedalear, pero las gomas hacen crich, crich en el pedregullo. Toma el puente de la acequia y las tablas hacen jrom jrom. Aquí tiene que pedalear un poco porque perdió el envión, una o dos patadas y ya se viene solo, haciendo unas eses suavecitas, gambeteándole al ruido.
No tengo que abrir los ojos para saber que viene sin luz y sin fumar, le basta con la claridad del cielo y por las dudas va contando los postes de la alambrada: porque usted se las piensa todas, y a veces creo que piensa demasiado y de noche no puede dormir.
En cambio yo me duermo en cualquier parte.
Ahora usted está a veinte metros y como no me ve, me busca. Las eses se hacen un poco más anchas. Usted no quiere aplicar el freno y no quiere parar antes de verme. A lo mejor empieza a desconfiar. A lo mejor piensa que este negro jetón se retobó y lo quiere madrugar de atrás de un poste. ¡Cómo piensa eso, mi teniente! ¿No ve que estoy aquí tirado, que me dormí nomás pensando en las hormigas? Es que no había novedad, qué novedad quiere que haya.
Ahora sí me ve, ahora usted se para, frena la bicicleta con el pie, se baja y la acuesta en el camino. Despacito, no se le vaya a romper. No lo oigo más, pero es seguro que viene para aquí, tanteando las ramitas con el pie, y en cualquier momento va a descubrir la carabina.
Es suya, mi teniente, yo sé que el arma no se deja, pero dormido uno se olvida de esas cosas. Usted abre el cerrojo, apenas se oye el ruido del metal, tira despacito para atrás, la bala cae para un costado entre sus dedos, ahora saca el cargador. Mete la bala en el peine y las cuenta por las dudas. ¿Son cinco, mi teniente? Son cinco. Ya puede dejar la carabina como estaba, y el cargador en su bolsillo.
Usted se arrima y se me para al lado de la cara, está tan cerca que le huelo el cuero de los botines. Esta es la parte más difícil porque no sé si usted me va a romper la cara de una patada, o va a hacer lo que hizo la otra vez cuando lo encontró dormido al flaco Landívar. Tengo unas ganas bárbaras de taparme la cara con el brazo pero me aguanto. No sé qué hacer con los ojos, si apretarlos fuerte para que no se muevan, siento que me corre arena entre los párpados. Flojito, negro, quedate piola.
Usted se agacha y mira, no tengo nada, ni cartuchera traje, puede revisarme. Soy un tipo que se quedó dormido.
Ahora usted se para.
Usted se va.
Pero va a volver.
Cien metros más allá Cornejo le da el alto y usted se identifica y charla un minuto con Cornejo. Otros cien metros y Sampietro le pega el grito con esa voz de perro. Son buenos soldados, subordinación y valor, y además lo estaban esperando.
Ahora usted está en la punta del campo y tiene que volver. En cinco minutos lo tenemos por aquí.
El cielo es una fiesta, mi teniente y el pasto huele lindo. Yo me juego a que la Julia está dormida, hecha un ovillo en los brazos del tipo. Me va a costar trabajo encontrar otra como ella.
Ahora se lo oyen, mi teniente, da gusto oírle cantar Curupaity y pal carnero no hay como la oveja. Pasó de Cornejo y se viene como chifle, ya está a cincuenta metros.
Yo estoy soñando con lo que me contó Landívar, que usted le descargó la carabina y a la vuelta lo atropelló con la bicicleta, y después le dio un par de sopapos y una semana de calabozo por quedarse dormido, extraviar armamento y ser un sotreta. Ve, y quién lo manda al flaco echarse a roncar cuando está de imaginaria.
Pero yo no soy como Landívar, yo estoy como quien dice atravesado en su camino. Negro atravesado mi teniente, cordobés atravesado como dijo usted.
Usted canta lindo mi teniente, si yo tuviera una voz como la suya quién le dice no me roban a la Julia. Si desafina un poco ha de ser porque grita y porque ahora me prefiere despierto como debe estar un buen imaginaria.
Pero si me quedo donde estoy, seguro que usted me rompe las costillas con el envión que trae y las ganas que me tiene.    
Así que le doy el alto.
Porque ahora estoy despierto mi teniente, ahora estoy parado, no me oye mi teniente, ahora le estoy apuntando, por qué se ríe mi teniente, ahora le puse los puntos a la cabeza, a usted no lo conozco, le digo que se pare, ahora tengo el dedo en el primer descanso como me enseñaron en el polígono, alto mi carajo, un tironcito más y esas escupida colorada que le llega hasta la frente, y mientras usted alza los brazos y empieza a bambolearse en una ese que no va a terminar, y mientras todos los perros del mundo están ladrando, ya he movido el cerrojo y otra escupida colorada, aunque ahora no le apunto a usted sino a las Tres Marías, quién le dice que no llega.
Ahora quién va a decir que no le di el alto, como corresponde, y que usted no contestó, y que no disparé un tiro de prevención, como dice el reglamento, y que después no maté a un desconocido sospechoso que se me abalanzaba con una bicicleta. Aunque ese desconocido sea usted mi teniente, y esté boqueando mi teniente sobre el pasto y pegando unos grititos mientras lo tanteo como si fuera una mujer, como si fuera la Julia, y le encuentro el cargador que me sacó y lo tiro a la acequia antes que lleguen los otros imaginarias blancos por la luna y el julepe.
Si usted tuviera un ratito más, pero no tiene, le explicaría lo del otros cargador que me colgué entre las piernas, ahí donde le dije.  

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