Ciclo BOCANADA – Palabras de boca en boca. Cuento: «Perdiendo velocidad» en «Pájaros en la boca» de Samanta Schweblin Narradora: Denise Pastrello. IN: @denisepastrello Co editora de Hiedra Editora IN: @hiedraeditora y autora de poemarios.
Perdiendo velocidad Samanta Schweblin
Tego se hizo unos huevos revueltos, pero cuando finalmente se sentó a la mesa y miró el plato, descubrió que era incapaz de comérselos.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
Tardó en sacar la vista de los huevos.
—Estoy preocupado —dijo—, creo que estoy perdiendo velocidad.
Movió el brazo a un lado y al otro, de una forma lenta y exasperante, supongo que a propósito, y se quedó mirándome, como esperando mi veredicto.
—No tengo la menor idea de qué estás hablando —dije—, todavía estoy demasiado dormido.
—¿No viste lo que tardo en atender el teléfono? En atender la puerta, en tomar un vaso de agua, en cepillarme los dientes… Es un calvario.
Hubo un tiempo en que Tego volaba a cuarenta kilómetros por hora. El circo era el cielo; yo arrastraba el cañón hasta el centro de la pista. Las luces ocultaban al público, pero escuchábamos el clamor. Las cortinas terciopeladas se abrían y Tego aparecía con su casco plateado. Levantaba los brazos para recibir los aplausos. Su traje rojo brillaba sobre la arena. Yo me encargaba de la pólvora mientras él trepaba y metía su cuerpo delgado en el cañón. Los tambores de la orquesta pedían silencio y todo quedaba en mis manos. Lo único que se escuchaba entonces eran los paquetes de pochoclo y alguna tos nerviosa. Sacaba de mis bolsillos los fósforos. Los llevaba en una caja de plata, que todavía conservo. Una caja pequeña pero tan brillante que podía verse desde el último escalón de las gradas. La abría, sacaba un fósforo y lo apoyaba en la lija de la base de la caja. En ese momento todas las miradas estaban en mí. Con un movimiento rápido surgía el fuego. Encendía la soga. El sonido de las chispas se expandía hacia todos lados. Yo daba algunos pasos actorales hacia atrás, dando a entender que algo terrible pasaría —el público atento a la mecha que se consumía—, y de pronto: Bum. Y Tego, una flecha roja y brillante, salía disparado a toda velocidad.
Tego hizo a un lado los huevos y se levantó con esfuerzo de la silla. Estaba gordo, y estaba viejo. Respiraba con un ronquido pesado, porque la columna le apretaba no sé qué cosa de los pulmones, y se movía por la cocina usando las sillas y la mesada para ayudarse, parando a cada rato para pensar, o para descansar. A veces simplemente suspiraba y seguía. Caminó en silencio hasta el umbral de la cocina, y se detuvo.
—Yo sí creo que estoy perdiendo velocidad —dijo.
Miró los huevos.
—Creo que me estoy por morir.
Arrimé el plato a mi lado de la mesa, nomás para hacerlo rabiar.
—Eso pasa cuando uno deja de hacer bien lo que uno mejor sabe hacer —dijo—. Eso estuve pensando, que uno se muere.
Probé los huevos pero ya estaban fríos. Fue la última conversación que tuvimos, después de eso dio tres pasos torpes hacia el living, y cayó muerto en el piso.
Una periodista de un diario local viene a entrevistarme unos días después. Le firmo una fotografía para la nota, en la que estamos con Tego junto al cañón, él con el casco y su traje rojo, yo de azul, con la caja de fósforos en la mano. La chica queda encantada. Quiere saber más sobre Tego, me pregunta si hay algo especial que yo quiera decir sobre su muerte, pero ya no tengo ganas de seguir hablando de eso, y no se me ocurre nada. Como no se va, le ofrezco algo de tomar.
—¿Café? —pregunto.
—¡Claro! —dice ella. Parece estar dispuesta a escucharme una eternidad. Pero raspo un fósforo contra mi caja de plata, para encender el fuego, varias veces, y nada sucede.
En esta oportunidad, compartimos el cuento «Imaginaria» en «Los Oficios terrestres» de Rodolfo Walsh. En boca de Catalina Correa. IN: @catalina.corre.a Autora de infinitos fanzines. En 2019 publicó su primer libro «No hacemos más muñecas» con El Brote Ediciones. @elbroteescritura
IMAGINARIA Rodolfo Walsh
Ahora usted va a venir, oiré si bicicleta por el pedregullo, pedaleando despacito, con el farol sin luz. Usted no necesita luz, nos conoce a todos sin vernos, a mí me conoce por el olor, ¿qué olor tiene usted, soldado? Olor a chivo, mi teniente, olor a tulipán, olor a lo que usted quiera. Va a venir, es su guardia, para eso la estuvo esperando toda la semana, de noche usted no puede dormir, toma pildoritas, esta noche no precisa. Usted piensa mucho, mi teniente, y se va poniendo pálido, se va poniendo verde, me imagino que le ocurren cosas y yo no soy quien para preguntarle. Lo mismo que yo, pienso demasiado, pero de noche duermo, y a veces me duermo hasta en la guardia. Ahora por ejemplo estoy durmiendo, tirado a la orilla del camino por donde usted va a venir, va a venir con su bicicleta. Yo sé que está mal, que un centinela no debe dormirse, debe vigilar el campo e informar la novedad. Pero es que no hay novedad mi teniente, el enemigo está a ciento veinte años de distancia, aquí nunca hay novedad y el cielo es lo único que cambia de lugar. Cuando me quedé dormido las Tres Marías estaban detrás del pino, ahora están sobre la ruta, donde se oyen los camiones. El fusil ahí se lo dejo, ni siquiera lo toco con la mano, está cargado, con el seguro puesto. Si viniera el enemigo, no hay nada que hacerle, pero qué quiere que le diga mi teniente, los chinos y los rusos están lejos, para mí que ya no vienen esta noche. Yo sé que es de gusto si le digo que esta vez no tuve la culpa, que a mí nadie me mandó matar las hormigas en el jardín del coronel. Yo sé que es de gusto si le digo que este sábado justamente tenía que salir y no estar aquí de imaginaria. Quién sabe si le explico usted me deja, pero cómo quiere que le explique que esta noche me roban a la Julia, ya me la han robado, seguro que a esta altura me la están culpando. No se ría, mi teniente, a usted con esa pinta tienen que sobrarle las mujeres, pero yo la conversé tres meses juntando afrecho y ahora viene un papafrita de civil y me la saca, y yo aquí haciendo la tercera guerra mundial. No es cierto que el sargento me mandó matar las hormigas del coronel. Si él se olvida yo qué culpa tengo, pero aquí la verdad viene de mayor a menor, usted le cree a él y no me cree a mí, y el hilo se corta por lo más delgado. Está mal que uno deje el arma tirada en el pasto, a la mano de cualquiera, y se queda dormido pensando en la Julia, pero hay muchas cosas que están mal y a nadie le importa. Usted se divierte conmigo y dice que yo discuto mucho y que nací para doctor, como todos los cordobeses, será porque una vez me agarró leyendo el código, pero yo no nací para doctor y no le voy a decir en qué rancho nací. La Julia tiene sus razones, qué va a hacer con un hombre una vez por semana, ella necesita que la saquen y le den conversación, y no darle un vistazo a Garibaldi y correr a meterse en una cama. Ahora el papafrita tiene un camioncito, usted calcule, yo que a gatas puedo pagarle una cerveza. Hace dos meses que la sigue y si usted la campanea un rato se da cuenta que esa piba está madura para un tipo en cuatro ruedas. Las Tres Marías, mi teniente, se fueron caminando por la ruta, ahora están sobre el hangar, detrás de esos eucaliptos, y en un rato va a salir la luna. Ya es tarde para tomar el colectivo, no llego ni a las dos, ella dijo que me esperaba hasta las diez. A esta hora seguro está culiando, muerde la almohada y pega unos grititos. Usted tiene que venir, porque yo me cansé de contar coyuyos y de escuchar los ruiditos de los bichos en el pasto. ¿Y qué le costaba al sargento decir la verdad? No es fácil buscarse otra hembra, negro jetón. No, mi teniente. ¿Sos un negro jetón, si o no? Sí, mi teniente, y por eso le digo que no es fácil. Ahora me parece que lo oigo. Usted viene despacito bajando el repecho, sin pedalear, pero las gomas hacen crich, crich en el pedregullo. Toma el puente de la acequia y las tablas hacen jrom jrom. Aquí tiene que pedalear un poco porque perdió el envión, una o dos patadas y ya se viene solo, haciendo unas eses suavecitas, gambeteándole al ruido. No tengo que abrir los ojos para saber que viene sin luz y sin fumar, le basta con la claridad del cielo y por las dudas va contando los postes de la alambrada: porque usted se las piensa todas, y a veces creo que piensa demasiado y de noche no puede dormir. En cambio yo me duermo en cualquier parte. Ahora usted está a veinte metros y como no me ve, me busca. Las eses se hacen un poco más anchas. Usted no quiere aplicar el freno y no quiere parar antes de verme. A lo mejor empieza a desconfiar. A lo mejor piensa que este negro jetón se retobó y lo quiere madrugar de atrás de un poste. ¡Cómo piensa eso, mi teniente! ¿No ve que estoy aquí tirado, que me dormí nomás pensando en las hormigas? Es que no había novedad, qué novedad quiere que haya. Ahora sí me ve, ahora usted se para, frena la bicicleta con el pie, se baja y la acuesta en el camino. Despacito, no se le vaya a romper. No lo oigo más, pero es seguro que viene para aquí, tanteando las ramitas con el pie, y en cualquier momento va a descubrir la carabina. Es suya, mi teniente, yo sé que el arma no se deja, pero dormido uno se olvida de esas cosas. Usted abre el cerrojo, apenas se oye el ruido del metal, tira despacito para atrás, la bala cae para un costado entre sus dedos, ahora saca el cargador. Mete la bala en el peine y las cuenta por las dudas. ¿Son cinco, mi teniente? Son cinco. Ya puede dejar la carabina como estaba, y el cargador en su bolsillo. Usted se arrima y se me para al lado de la cara, está tan cerca que le huelo el cuero de los botines. Esta es la parte más difícil porque no sé si usted me va a romper la cara de una patada, o va a hacer lo que hizo la otra vez cuando lo encontró dormido al flaco Landívar. Tengo unas ganas bárbaras de taparme la cara con el brazo pero me aguanto. No sé qué hacer con los ojos, si apretarlos fuerte para que no se muevan, siento que me corre arena entre los párpados. Flojito, negro, quedate piola. Usted se agacha y mira, no tengo nada, ni cartuchera traje, puede revisarme. Soy un tipo que se quedó dormido. Ahora usted se para. Usted se va. Pero va a volver. Cien metros más allá Cornejo le da el alto y usted se identifica y charla un minuto con Cornejo. Otros cien metros y Sampietro le pega el grito con esa voz de perro. Son buenos soldados, subordinación y valor, y además lo estaban esperando. Ahora usted está en la punta del campo y tiene que volver. En cinco minutos lo tenemos por aquí. El cielo es una fiesta, mi teniente y el pasto huele lindo. Yo me juego a que la Julia está dormida, hecha un ovillo en los brazos del tipo. Me va a costar trabajo encontrar otra como ella. Ahora se lo oyen, mi teniente, da gusto oírle cantar Curupaity y pal carnero no hay como la oveja. Pasó de Cornejo y se viene como chifle, ya está a cincuenta metros. Yo estoy soñando con lo que me contó Landívar, que usted le descargó la carabina y a la vuelta lo atropelló con la bicicleta, y después le dio un par de sopapos y una semana de calabozo por quedarse dormido, extraviar armamento y ser un sotreta. Ve, y quién lo manda al flaco echarse a roncar cuando está de imaginaria. Pero yo no soy como Landívar, yo estoy como quien dice atravesado en su camino. Negro atravesado mi teniente, cordobés atravesado como dijo usted. Usted canta lindo mi teniente, si yo tuviera una voz como la suya quién le dice no me roban a la Julia. Si desafina un poco ha de ser porque grita y porque ahora me prefiere despierto como debe estar un buen imaginaria. Pero si me quedo donde estoy, seguro que usted me rompe las costillas con el envión que trae y las ganas que me tiene. Así que le doy el alto. Porque ahora estoy despierto mi teniente, ahora estoy parado, no me oye mi teniente, ahora le estoy apuntando, por qué se ríe mi teniente, ahora le puse los puntos a la cabeza, a usted no lo conozco, le digo que se pare, ahora tengo el dedo en el primer descanso como me enseñaron en el polígono, alto mi carajo, un tironcito más y esas escupida colorada que le llega hasta la frente, y mientras usted alza los brazos y empieza a bambolearse en una ese que no va a terminar, y mientras todos los perros del mundo están ladrando, ya he movido el cerrojo y otra escupida colorada, aunque ahora no le apunto a usted sino a las Tres Marías, quién le dice que no llega. Ahora quién va a decir que no le di el alto, como corresponde, y que usted no contestó, y que no disparé un tiro de prevención, como dice el reglamento, y que después no maté a un desconocido sospechoso que se me abalanzaba con una bicicleta. Aunque ese desconocido sea usted mi teniente, y esté boqueando mi teniente sobre el pasto y pegando unos grititos mientras lo tanteo como si fuera una mujer, como si fuera la Julia, y le encuentro el cargador que me sacó y lo tiro a la acequia antes que lleguen los otros imaginarias blancos por la luna y el julepe. Si usted tuviera un ratito más, pero no tiene, le explicaría lo del otros cargador que me colgué entre las piernas, ahí donde le dije.
BOCANADA es un ciclo de narrativas que nos invita a viajar con palabras que se suceden de boca en boca. Pensado para aquellas personas que disfrutan de leer y escuchar cuentos, poesía, relatos, ensayos y todas aquellas manifestaciones palabreadas que amamos paladear. Todos los miércoles nos encontramos en esta tertulia, para acortar las distancias. Si te gusta leer en voz alta, comunicate con el Espacio Cultural Coliseo.
Abriendo el ciclo, tenemos la alegría de compartir este cuento de Ángeles Mastretta, en la voz y el sentir de nuestra querida Patricia Aquino.
A los ciento tres años Rebeca Paz y Puente no había tenido en su vida más enfermedad que aquella que desde un principio pareció la última. De la frondosa y sonriente vieja que llegó a ser, ya no quedaba sino el pálido forro de un esqueleto. Había sido bella, el perfume de su cuerpo liberal, sólo ella lo recordaba: todos los días, y con el mismo brío que durante el sitio de la ciudad la sacó de su casa a disparar una pistola de la noche a la mañana y hasta la rendición. Era de la época juarista. Respiraba diez veces por minuto y parecía haberse ido hacía semanas. Sin embargo, una fuerza la mantenía viva, huyendo de la muerte como de algo mucho peor. A ratos los hijos le hablaban al oído buscando su empequeñecida cabeza en medio de una melena blanca cada día más abundante. -¿Por qué no descansas, mamá? le preguntaban, exhaustos y compadecidos. -¿Qué quieres? ¿Qué esperas aún? No contestaba. Ponía la mirada en blanco y a lo lejos, como si nada, como si le lastimaran las palabras. Entre los nietos había una mujer que todas las tardes se sentaba junto a ella y le hablaba de sus penas, como quien se las cuenta a sí misma. Ya no me oyes, abuela. Mejor, para oír amarguras haces bien de estar sorda. ¿O sí me escuchas? A veces estoy segura de que me escuchas. ¿Ya te dije que se fue? Ya te lo dije. Pero para mí, como si aún estuviera porque lo ando cargando. ¿Es verdad que tú perdiste un amor en la guerra? Eso me hubiera gustado a mí, que me lo mataran antes de que a él le diera por matarme. En lugar de este odio tendría el orgullo de haber vivido con un héroe. Porque tu amor fue un héroe, ¿no, Abuela?, ¿cómo le hiciste para vivir tanto tiempo después de perderlo? ¿Por qué sigues viva aún cuando te mataron a tu hombre, aunque mi abuelo te haya regresado a golpes del lugar en que se desangró? Te habían casado a la fuerza con mi abuelo, ¿verdad? Cómo no me atreví a preguntártelo antes, a ti tan elocuente, tan hermosa. Ahora ya de qué sirve, ahora no sabré nunca si fueron ciertos los chismes o todo lo que se dice de ti, y si de veras abandonaste a toda tu familia para seguir a un general juarista. Si lo mató un francés o si lo mató tu marido un poco antes de que terminara el sitio. La abuela no respondía. Se concentraba en respirar y respiraba entre suspiros largos y desordenados. Dos veces había estado el señor obispo a confesarla y cuatro a darle la extremaunción, hasta que de tanto verla agonizar, sus descendientes se acostumbraron a vivir con ella muriéndose. Está mejorando decía su nieta. A ella le daba pánico que su abuela se muriera, se quedaría sin confidente y cuando falta el amor la única cura son las confidencias. Ay, abuela le dijo una tarde. Tengo el cuerpo seco: secos los ojos, la boca, la entrepierna. Así como ando, mejor querría morirme. Tonta dijola vieja, interrumpiendo un año de silencio. No sabes de qué hablas. Su voz se oyó como estremecida por otro mundo. ¿Tú conoces la muerte, abuela? ¿Tú la conoces, verdad? Por toda respuesta doña Rebeca se perdió entre soplidos y respiraciones turbias. ¿Por qué peleas, abuela? ¿Por qué no te has muerto? ¿Quieres tu relicario? ¿Quieres cambiar la herencia? ¿Qué pendiente tienes? La vieja movió una de sus manos para pedirle que se acercara y la nieta acercó un oído a su boca trastabillante. ¿Qué te pasa? le preguntó, acariciándola. Ella se dejó estar así por un rato, sintiendo la mano de su nieta ir y venir por su cabeza, su mejilla, por sus hombros. Por fin dijo con su voz como en trozos: No quiero que me entierren con el hombre. Media hora después los hijos de doña Rebeca Paz y Puente le prometieron enterrarla a sus anchas, en una tumba para ella sola. Me voy, me voy y me voy con una deuda, le dijo a su nieta, antes de morirse por última vez. Al día siguiente su influencia celestial hizo volver al esposo perdido de la nieta. El hombre entró a su casa con un desfile de rosas, una letanía de perdones, juramentos de amor eterno, alegrías y ruegos. Todas las lenguas le habían dicho que su mujer era un guiñapo, que las ojeras le tocaban la boca, que los pechos se le habían consumido en lágrimas, que de tanto llorar tenía los ojos pesados y de tanto sufrir estaba flaca como perro de vecindad. Encontró a una mujer delgada y luminosa como una vela, con los ojos más tristes pero más vivos que nunca, con la sonrisa como un sortilegio. Y el aplomo de una reina para caminar hacia él, mirarlo como sí no tuviera cuatro hijos suyos y decirle: -¿Quién te llamó a este funeral? Saca tus flores y vete. Yo no quiero que me entierren contigo. Este es un cuento de Ángeles Mastretta de su libro “Mujeres de ojos grandes”.
Podés encontrar los videos de este ciclo en nuestro canal de youtube y en IGTV.