Virginia Pedraza Ezcurra, en Bocanada

“Nadie vive tan cerca de nadie”
Tamara Tenenbaum

Cuando empezaste a actuar todos querían verte. Todos tus amigos, querés decir, y tus padres, y tu hermano, tus primos. Ahora sabés que la gente que te pide que le reserves entradas va a terminar faltando. A veces ni siquiera las reservás. ¿Y si vienen, finalmente, y no tienen entradas? Y no sé. Pensarán que sos una actriz famosa, una diva que agota teatros. Todo vendido. A sala llena. Los cuarenta asientos, todos ocupados por los amigos de las otras actrices. Las que son más jóvenes que vos.

Odio el espejo antes de la función. El maquillaje se ve horrible tan de cerca, se notan los bordes. La piel se vuelve más receptiva con los años. Antes, con el calor de las luces del escenario, el maquillaje se me mezclaba con la transpiración y se me resbalaba. Ahora lo que sucede es que se me deposita en las arruguitas de la piel, en las líneas de expresión. Me quedan líneas más oscuras, dibujadas, y el resto de la cara blanca. Es como si me hubieran sacado la capa impermeable, como si se me hubiera caído.

Me ato el delantal y me acomodo la redecilla en la cabeza. Soy una moza. La obra está basada en un cuento de Cheever, creo, o en varios. La leyenda del programa dice «basado en el universo de John Cheever», una ambigüedad que utilizan para evitar pagar derechos de autor. Pero en realidad está situada en la provincia de Buenos Aires, así que, honestamente, no estoy muy segura de qué es lo que tomaron. De Cheever, digo.

Salgo al escenario y recorro la sala con una mirada rápida. No, estoy casi segura de que no conozco a nadie. Igual no se ve bien. Mi monólogo empieza con la luz apagada.

La noche del casamiento de mi hermana: octubre del ‘81. Esa noche salí, cinco o seis días después llegué. Así que ya son casi veinticinco años años que vivo acá, ahora que te lo digo me doy cuenta. La tarde había sido de terror. Mi mamá estaba insoportable y mi hermana no paraba de llorar. Esto va a parecer una boda de segundas nupcias, decía mi mamá, llena de viejos secos. Veintinueve años tenía mi hermana. Yo tenía dieciséis así que me parecía que mamá tenía razón. Todos viejos de treinta. En esa época no había celulares, para vos que sos tan joven va a sonar rarísimo (maternal y seductora, una media sonrisa), pero nos dejábamos muchos mensajitos en papel, ¿entendés? Cosas anotadas. Cartelitos en las heladeras, al lado del teléfono. Tenías que pensar en lugares por los que la otra persona tuviera que pasar sí o sí. Mamá siempre me los dejaba en el cajón de las bombachas, eso me volvía loca. Y, pero así sé que los vas a ver, no te vas a ir a dormir sin cambiarte la bombacha, me decía. A Josefina no se lo hacía porque ella tenía novio, claro. Su cajón de las bombachas sí era privado. Andrés me los dejaba con el equipo de mate. Ni los firmaba: yo ya sabía que si estaban ahí eran de él, y además ya le conocía la letra. Al principio en realidad me los daba en la mano; encontraba un momento, en los almuerzos de los domingos, en alguna cena familiar en la semana, o en algún ratito que pasaba por casa a traerle algo a Josefina. Una vez le quise dejar uno a él y se enojó. Yo tenía prohibido escribirle: solo podía seguir las instrucciones de los textos de él. Así era nuestro juego. A eso de las siete entonces me fui a hacer un mate. Mi mamá y Josefina ya habían salido a buscar al cura, y vi un mensajito de Andrés. Se ve que me lo había dejado la tarde del día anterior, antes de que lo pasaran a buscar los amigos para la despedida de soltero. Nos encontramos en el baño del salón, justo después de la ceremonia. Me quiero coger a las dos putitas Peralta la misma noche. Ni se te ocurra faltar, pendeja. Deseame suerte.

Yo me quería quedar al casamiento de Josefina, de verdad. Había pensado irme al día siguiente, exactamente al día siguiente, lo tenía todo armado. Todo menos un pequeño detalle: que para la fecha del casamiento ya iba a tener panza, y que con el vestido que me había mandado a hacer no iba a haber forma de disimularla. Me di cuenta ese mismo día, a esa hora, a las siete, cuando me lo puse. Y ahí tuve que recalcular. A las ocho, a la hora de la ceremonia, yo ya estaba en la ruta. Le volví a escribir a mi mamá, ¿eh? Y a mi familia, varias veces en estos años. Me escriben a veces ellos, y me llaman, pero nunca vienen. Hace poco le pregunté a mi mamá por qué nunca venían a verme, ni Josefina, ni Andrés, ni mi papá, ni ella. Si no quieren conocer a Teo, ver dónde vivo, eso: por qué no vienen. No es tan raro, bebé. Nadie vive tan cerca. Supongo que tiene razón. Nadie vive tan cerca. Nadie vive tan cerca de nadie.

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